Jessica y la agresión por un café

Ayer viví una situación que me impactó. Estaba en una terraza de la gran ciudad hablando por teléfono cuando se me acercó una chica joven. Sucia, flaca y con mala cara me pidió con agresividad que la invitara a un café. Le dije que no con la mano mientras seguía hablando como suelo hacer en las situaciones en las que alguien viene a pedirme dinero y cogió la taza que tenía en la mesa y me la tiró. Luego me tiró el plato mientras me increpaba cabreadísima.

Me quería pegar. Me asusté. Colgué el teléfono y le dije que no me agrediera. Ella insistió en que quería un café, que estaba harta. Le dije que se sentara conmigo y se calmara. Que habláramos, pero que no me pegara. Se sentó y entonces se desmoronó. Se puso a llorar y a balbucear una historia. Aparentemente la suya. Me contó que tenía trastorno de personalidad y había huido hacía tres meses de la casa dónde vivía con su padre alcohólico porque no podía más de los maltratos. Desde entonces vivía en la calle, durmiendo en los cajeros y sin poder ducharse. «Necesito una ducha» insistía.

Estuvimos un rato hablando. Ella se comió unos croissants de chocolate. No quise darle café. No me lo pidió más pero no quería darle un excitante a una persona en ese estado. Seguía insistiendo en que lo que más quería era dormir y ducharse y comer. Le dije que le daría dinero. Se calmó un poco más y seguimos hablando. Articulaba mal las palabras y pude identificar claramente un cuadro psíquico agudo. Fuera más o menos cierta su historia y su demanda, la salud mental de esa chica estaba claramente dañada.

Al cabo de un rato, su cara volvió a cambiar y se puso nerviosa y agresiva otra vez, ordenándome que le diera el dinero para ir a ducharse y dormir ya. Le di el dinero y nos despedimos. Nos dimos la mano y me medio sonrió.

Luego vi como se alejaba y seguía increpando violentamente a la gente con las consiguientes reacciones de las demás personas de rechazo agresivo o temeroso. Estuve andando por el mismo camino un rato detrás de ella observándola y reflexionando sobre su situación, su vida, su destino,… Y los míos.

Vi que no se dirigía como me había dicho a directamente una pensión con el dinero que le di. Qué más da. El dinero no fue lo importante. Lo gastará en lo que necesite en ese momento. No me importa. Lo verdaderamente importante era lo necesitada que estaba de no sentirse tan sola por un momento. Nadie hablaba con ella. Me dijo que yo era la primera persona que le hacía caso en la calle y me lo creo. Ese rato en el que hablamos pudo ser otra persona por un rato. Aunque, claro, estaba atrapada en una dinámica de la que es muy difícil escapar.

Me quedé con eso: con lo sola que se siente la gente que se encuentra en esta situación; con lo alienante que es la ciudad; con el patrón de relación con el resto de personas que se establece en situaciones extremadamente críticas y marginales y sobretodo en un lugar como una gran ciudad donde hay una gran concentración de personas solas y separadas por muros invisibles, que ni se ven y cuando lo hacen se molestan.

En el pueblo en el que vivo (pequeño: menos de 200 habitantes) también hay personas que han sufrido algún daño profundo en su psique y el trato que reciben, el contacto con la gente,… es diferente…

Tuve la sensación de que Jessica había caído en un pozo. Un pozo que estaba irremediablemente en el camino que le tocó andar. La vi atrapada en su propio personaje marginal. Sé que hay albergues, servicios de comedor, etc. ¿Y qué? Quizás su enfado era una manera de rebelarse contra su destino y no aceptar esas infraestructuras era un rechazo a etiquetarse fatalmente. Quién sabe.

Pienso mucho en la importancia del destino en nuestras vidas. Cuan diferente es tu vida si te toca nacer en una familia con miembros agresores o en otra en la que no hay violencias; cuan diferente es tu vida si te toca vivir en un país en guerra o en otro dónde no la hay; cuan diferente es tu vida si te toca vivir en un cuerpo cuyas funciones motoras o mentales, por ejemplo, no están dañadas, y un largo etcétera.

Llevo años sintiéndome precaria porque me cuesta llegar a final de mes, poniendo fuentes de feng shui y cambiando muebles y colores para que me llegue la abundancia… Qué ciega que estoy a veces: mi vida rezuma abundancia y soy una privilegiada por la vida que me ha tocado vivir como euroblanca en un país que (de momento) no está en guerra, en el seno de una familia sin violencias, con un cuerpo y una mente que me han permitido transitarla y gozarla sin limitaciones importantes.

Yo me puedo permitir compartir, incluso por escrito, esta vivencia desde la reflexión, pedir ayuda si la necesito (y recibirla), sonreír a alguien por la calle o en una cafetería y que me sea devuelta la sonrisa. Yo puedo tomarme un café siempre que me apetezca.

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