El corsé de las etiquetas

Fumeta, fiestera, feminista, okupa, okupa rural, hippy, punky, antisistema, ecologista, agro-punk, autosuficiente, reformista, radical, budista, taoísta, poliamorosa, anarquista, anarquista relacional,…etiqueta-web

Hago un repaso a algunas etiquetas que me han / me he puesto a lo largo de mi vida adulta y veo, así todas juntas, que muchas de ellas se contradicen y que ninguna me define con precisión. En cambio, cada una de ellas asumida por propia voluntad o no, han influenciado de manera contundente mi comportamiento y mi andar por la vida durante las épocas en las que las he llevado puestas.

Por alguna razón que la sociología seguramente explica y que yo desconozco aunque presumo que debe tener que ver con la necesidad humana de pertenencia a un grupo, tenemos la necesidad de etiquetar y etiquetarnos constantemente. El “yo soy” en relación a algo que “es” un grupo de gente creo que forma parte del comportamiento gregario humano perjudicado gravemente por un sistema que ha aislado a las personas del grupo creando las pequeñas estructuras familiares que ya conocemos e intentando borrar la naturaleza cooperativa del ser humano y convenciéndonos de nuestra competitividad natural. Hemos perdido a la tribu que nos aúna por nacimiento o geografía y ahora, solxs por la vida buscamos patológicamente esa unión con lxs otrxs. Además, como argumenta Silvia Federici mucho mejor de lo que puedo llegar a hacer yo, esa pérdida del sentimiento de grupo en manos del capitalismo, nos lleva a buscar la seguridad y protección que nos brindaba en el consumismo. Hemos sustituido personas por cosas… y tribu por etiquetas.

Cuando “era” fumeta no podía decir que no me apetecía fumar sin ser señalada; cuando “era” feminista no podía ruborizarme de placer cuando un hombre me invitaba a cenar a un restaurante romántico (¡“Invitaba” y “romantico”!, uffff); cuando “era” okupa no podía asquearme ante una casa sucia y llena de perros pulgosos; cuando “era” hippy no podía dar rienda suelta a mi rabia más salvaje y luego con la etiqueta de punky no podía adorar la hora del yoga. Con la etiqueta de antisistema no podía tantísimas cosas que no puedo ni siquiera elegir un ejemplo y con la de ecologista ni se me pasaba por la cabeza prender cinco minutos el radiador en pleno invierno para dejar de temblar en la cama.

Pero es que encima, enarbolando ciertas etiquetas no podía (ni puedo aun) decir nada sin que mi opinión se desvalorara por “feminista” o por “anarquista” o por cualquiera de las etiquetas que mis interlocutorxs no ostentaran.

Recuerdo un día, en una época en la que vivía en una comunidad okupando  y reconstruyendo un pueblo autosuficiente en el Pirineo y por lo tanto, con la pesada etiqueta de okupa rural feminista (las etiquetas con apellidos son las peores porque encorsetan aun más), un amigo me ofreció cubrir mi turno de trabajo colectivo en la reconstrucción de la casa comunal a cambio de que yo cubriera el suyo en la cocina. Se me dispararon todas las alarmas defensoras de mi etiqueta con apellidos. Pero yo era pésima con el cemento además de odiarlo con todas mis fuerzas y él era tan bueno en la construcción que su arroz se convertía en portland con tomate. Mi trabajo siempre había que repasarlo y en su turno de cocina todxs huíamos del comedor colectivo. Y me dijo: “si yo fuera mujer, aceptarías ¿verdad? Es injusto.” Esa reflexión me dio un bofetón que dejo KO a mis alertas feministas agro-punk.

Hace ya tiempo que huyo de etiquetas, especialmente algunas como la de “feminista”. Y es que en este caso, aunque mi foco de atención personal, político y laboral beba profusamente de algunas de las luchas y reflexiones feministas, no encajo en todas las premisas que impone dicha etiqueta y, cuando lo intento dejo de ser yo para ser un modelo impersonal.

La última que me puse fue la de “poliamorosa” y ha sido la que más rebeldía me ha causado… quizás por perra vieja. Pero además esta etiqueta me ha llevado a una observación nueva y clara. Ha sido al contraponerla a una muy nueva para mi: “anarquista relacional”. Si me relaciono desde la primera, yo, Marta, (no digo que tenga que ser siempre así), me relaciono estableciendo una relación principal y otras secundarias. Y entonces me asaltan un montón de fantasmas relacionados con mi educación heteromonógama y me encuentro lidiando cotidianamente con emociones como los celos, la envidia, la falta de autoestima, el miedo al abandono, etc. Y otros que se relacionan con mi posterior educación como feminista antisistema no-monógama como mi libertad y mi derecho a hacer lo que me dé la gana Casi ná…

Pero si cambio la etiqueta por la de “Anarquista Relacional”, sigo amando igual a las personas que amo pero sin establecer etiquetas jerárquicas. Y entonces a los malditos fantasmistas les entra un fuerte ataque de aburrimiento y se quedan profundamente dormidos… ¿curioso no?

¿Y si no le pusiera ninguna etiqueta a mi forma de amar, de pensar, de vivir, de criar,..? ¿Qué pasaría? ¿Me perdería? ¿Me entendería con el entorno? ¿Me sentiría una “sin tribu”?

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