Tu camino por la Tierra

Hoy hace nueve años que emprendiste tu camino por la Tierra. El trayecto que nos toca recorrer juntas empezó muy mal, muy difícil. No porque tuvieras tú problemas para llegar. No. Tu llegaste fácilmente. Eso sí:  cuando fue el momento para ti. Aunque ese momento no encajaba con los planes que tenían quienes te esperaban a este lado de mi piel. Pero mandabas tú… ¿Y eso te gusta, eh, amora? Jajaja.

Los primeros años de tu vida fuera de mí fueron duros. Algo no iba bien. Eras una niña sana pero se veía que algo en ti no estaba bien emocionalmente. Me pasé muchos años (casi toda tu vida de momento) buscando remedios y respuestas para lo que te pasaba. De tanto mirarte y observarte se me gastaron los ojos… y de nada servía.

No sabía cómo cuidar y sostener a esta niña para verla feliz…

Terapias, cursos, libros,… buscando recursos para acompañarte como madre. Y nada.

Hasta que un día. Hace poco. Muy poco. De repente, el foco se dio la vuelta y me preguntó: “-¿Cómo acompañas a tu niña interior? Esa que tiene tantas heridas, miedos y carencias…”

Y empecé a atender a mi niña interior, a mi yo pequeña, a mi cuerpo emocional,.. empecé a dejar de preocuparme por ver qué le pasaba a mi hija y mirar qué me pasaba a mí. A mi niña. Al principio me daba mucho reparo, vergüenza y sobretodo CULPA. “- Te preocupas más de ti que de tu hija” me taladraba sin piedad mi jueza interior. “-Mala madre.”

Pero seguí adelante con ello. Sentía que no podía hacer otra cosa…Y entonces… sucedió el milagro…

Cuando dejé de preocuparme por ti y pasé a ocuparme de mí,… ¡Te relajaste!

Abrazando a mi niña interior con todas sus heridas, taras, discapacidades, dificultades, miedos, culpas, etc. empecé a abrazar las tuyas pero sin “hacer” nada. Nada de nada. Sólo estar. Presente. A tu lado. Sosteniendo y acompañando tus procesos desde la confianza en ti y en tu camino. Y, sobretodo, responsabilizándome en primer término de mi niña. Amándola tal y como es. Amándome tal y como soy.

Hoy te miro y me siento feliz.

Camina tranquila el camino de tu vida, amora mía, que ya no tienes que mejorar nada para que tu madre esté tranquila. Ya no tienes que ser nada que no eres. Tus dificultades son tuyas y sólo tuyas y ya no tienes que corregirlas para que tu madre no sufra por ti. Porque ahora tu madre sabe, comprende en su piel y su vientre, que estas dificultades serán precisamente unas grandes guías que te pondrán en tu camino.

Yo sólo soy la madre que te parió. La adulta que te sostiene cuando lo necesitas (y puede). La adulta que te acompaña y te mira con amor. Aunque haya días difíciles en los que esa mirada sólo me sale cuando duermes. Pero desde que dejé de interferir en tu camino con mis neuras y preocupaciones, no hay un sólo día en el que no haya un efímero y eterno instante en el que te mire con el inmenso amor que tú me recuerdas que forma parte de mí.

Gracias maestra. Maestra inocente. Maestra que no vino a enseñarme nada porque vino sólo a vivir su vida. Pero maestra porque tu sola existencia es un regalo de aprendizajes profundos. Porque eso es la maternidad: una invitación a visitar esas estancias cerradas y oscuras de la psique adulta y herida.

Gracias. Porque tu sola existencia me ha llevado a lugares de mi ser a los que quizás no me hubiera atrevido jamás a bajar a pasar la mopa.

Ya comprendí, amora. Ya comprendí y ahora soy capaz de dejarte elegir cada uno de los pasos de tu propia senda por la vida. Ahora soy capaz de sostenerte sin más porque aprendí lo único que necesitaba para hacerlo: a sostenerme a mí y a mi niña interior.

Gracias.

Te veo.

Te amo.

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